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04 julio, 2009

El post de las post-elecciones.

En los días previos a la elección señalamos que sería difícil entender el significado de los resultados de las elecciones y así es. Algunos pensaron que con la inesperada derrota de Kirchner en la Provincia sería más sencillo, pero no. Se complica aún más. En primer lugar, si de una construcción política conciente se trata, debemos intentar entender el proceso social del que sólo vemos una de sus formas más concretas (y sucintas) de expresión. Usando una reflexión de Wainfeld: “Cuando se elige cada dos años (y en varios niveles estaduales) es casi un disparate imaginar que el pueblo nunca se equivoca. Pero sería uno mayor, de lectura sociológica y de buena fe política, creer que no sabe lo que hace.” En segundo lugar, estos resultados imponen la necesidad de eliminar del análisis político la cuestión del aparato y el clientelismo, usada como excusa de malos resultados de las diferentes fuerzas a lo largo de los años. Finalmente, el resultado de la elección demuestra que la estrategia de la polarización del electorado no tiene tanta fuerza en elecciones legislativas como bajo unas de carácter ejecutivo.

Lecturas

¿Qué fue lo que pasó el domingo 28 de junio? Las explicaciones más comunes hablan de un rechazo a las formas “autoritarias” del kircherismo y un voto contrario al PJ. Por ejemplo,
Tomás Eloy Martínez señala que Cristina Fernández “…no se mostró conmovida por el movimiento sísmico de un electorado que la votó con entusiasmo hace casi dos años y que después de su conflicto sin tregua con los productores agropecuarios se volvió contra el estilo de confrontación que heredó del ex presidente, su marido”. Ahora bien, si eso fuera así debemos seguir explicando por qué los votos se dividieron como ocurrió entre los otros partidos no “autoritarios”.
Otra de las lecturas, proveniente del oficialismo realiza el siguiente análisis. Cuando uno es oficialismo posee casi todos los elementos para lograr un mejor resultado electoral, esto es, el aparato del Estado y sus recursos. A esto debemos sumarle los provenientes del Partido Justicialista. Y fue en este sentido que se jugó la campaña: apostando todo a defender el “modelo”. Entonces, la derrota vino de un voto de un electorado crecientemente derechizado en contra de las medidas del gobierno. Estas dos explicaciones deberían sumarse a otra que postula que las propuestas y proyectos de país de las demás fuerzas políticas cautivaron más a los votantes que las del oficialismo. Sin embargo, la campaña tuvo poco de eso y los principales contendientes (con las excepciones que marcaremos) no tienen absolutamente ninguna idea propia para la Argentina. Aquí no estamos haciendo un juicio de valor, no hay ni siquiera ideas frente a las que podríamos estar profundamente en desacuerdo y militar en contra. Dado que son intentos de justificación, más que explicaciones, y ninguno es satisfactorio, quizá podemos hacer una lectura propia de los comicios. Para ello, refugiémonos en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires. ¿Qué sucedió allí? Evidentemente, el resultado del PRO no fue el esperado, el del Acuerdo Cívico y Social (ACyS) tampoco y ni que hablar del Frente Justicialista para la Victoria. Frente a ellos surgió como principal fuerza Proyecto Sur. Si miramos el panorama nacional, podemos señalar que hubo pocas otras sorpresas (la derrota en la provincia de Buenos Aires no era esperable pero era plausible, y en las demás provincias todo pareció en orden). ¿Qué ofrecía Proyecto Sur frente a los demás? Claramente, por fuera de la posiblemente convocante personalidad e historia de Pino Solanas, hubo algo más. Un punto clave: la Ciudad siempre garantizó un resultado como este para la fuerza que pudiera personificar consistentemente el voto progresista (así fue con Zamora, Ibarra y Carrió). A todo eso le sumamos un discurso con contenido, muy relacionado con las banderas opositoras al menemismo. Frente a ello, el PRO no presenta ninguna idea, el ACyS tampoco y, ante un electorado normalmente refractario al peronismo, el golpe de gracia para ese espacio fue que el candidato principal fuera un miembro del PC (hecho difícil de digerir para esa parte del electorado). En este sentido, podríamos ver que en el ámbito de la Ciudad no existió una derechización (siendo que es el principal distrito “acosado” por los medios de comunicación masivos) ni hubo un voto contra el “autoritarismo kirchnerista”, que estaría mejor representado por el PRO o por el ACYS y descartamos así (o al menos ponemos en duda) dos de las explicaciones antes mencionadas. De esta manera, compartimos la lectura de aquellos que señalan la pérdida de entidad del kirchnerismo en su pejotización y derechización. Si nos detenemos a analizar la evolución de sus políticas vemos una importante desilusión respecto a las primeras medidas de centroizquierda y una pérdida de iniciativa e impulso al respecto. A su vez, la trasversalidad original que se planteó con la apertura a movimientos sociales y diferentes organizaciones, fue trastocándose en una cerrazón peronista en lucha directa contra ellas, que terminó realineando el voto de centroizquierda en la Ciudad para Proyecto Sur y en la Provincia hacia Sabatella. Tan es así que Carrió, que hace tiempo dejó de personificar coherentemente ese espacio, casi queda afuera del Congreso. En el mismo sentido, D’ Elía hace una lectura interesante al respecto. A tono con su estilo, decretó que "haber presidido el PJ ha sido el peor de los errores políticos de Néstor Kirchner" y continuó: "El PJ es una estructura fuertemente cuestionada junto con la UCR en la crisis de representación política desatada el 19 y 20 de Diciembre de 2001. Hoy se puede ver a todas luces como ese partido conservador y de derechas, vacío de política e ideologías, profundamente amoral en sus practicas, contiene en su seno a muchos dirigentes, dueños de un pragmatismo corrosivo y de un escepticismo crónico respecto a las utopías generadoras de la sociedad nueva que queremos construir: humanitaria, inclusiva, libre, fraterna, autonómica, liberada”. “No se pueden llevar adelante muchos de nuestros sueños del pasado con una estructura infectada irremediablemente de derrota cultural. Sencillamente no pueden defender la memoria, la verdad y la justicia los mismos que apoyaron el olvido y la impunidad”. Por su parte, Eloy Martinez -que ya vimos sostiene la tesis del voto “contraautoritario”- señala que “Esas laboriosas mayorías, al votar, apoyaron incluso agendas que no se ve cómo podrían mejorar su mediocre calidad de vida” y reivindica entonces a Solanas: “En contraste, Pino Solanas, cuya excelente elección en la ciudad de Buenos Aires nadie esperaba, planteó un modelo de país. Se puede estar o no de acuerdo con él, pero al menos su discurso estuvo lleno de ideas.” Es decir, perdieron votos por errores propios hacia la derecha (entre los que deberían sumarse los votos que habían reflejado la mejoría notable de la situación económica en elecciones pasadas) y por mejores propuestas a la izquierda. En contra de esta lectura, el PJ ha levantado sus propios análisis que oscurecen la plausible reacción de los votantes, remplazándola por lógicas a priori. Una afirma que “… no hubo un voto que castigó un modo “autoritario” de conducir. Hubo un voto pancista que volvió a despreciar la política y que buscó alejar la posibilidad de una mirada comunitaria sobre la vida, por parte de los creen que para ellos está todo bien y que los dejen de embromar”. Con esa lógica del “que se vayan éstos, que venga cualquiera” pretenden no sólo entender la derrota del kircherismo, sino “también el voto positivo a una figura oscura, sin ninguna propuesta concreta, surgida de un marketing feroz, que utilizó como principal argumento ser protagonista en un programa cómico de televisión y decir que estará al lado del campo”. En ese caso, ¿no deberíamos preguntarnos por qué “alguien oscuro y sin propuestas” (1) le gana a un supuesto proyecto consolidado? O ¿por qué el proyecto no logró modificar en lo más mínimo la ideología de los noventa donde no existe una entidad nacional o comunitaria? Si lo hacemos vemos que el problema, como señalan otros, no es que los que no son “nacionales y populares” voten a la derecha (eso tiende a ser así), sino que el kirchnerismo no puede personificar un voto progresista frente a ellos. En el mismo sentido se expresa Scaletta: “En base al discurso redefinido a partir de marzo de 2008, el Gobierno no debería preocuparse si su apoyo disminuye entre las clases altas y medias altas. Después de elecciones adversas ya no es tiempo de listar lo conseguido, sino de repasar lo que se hizo mal; las fuentes del descontento de las mayorías.” Esto es lo más preocupante: que se busquen excusas para el resultado (o se insista en no reconocerla) cuando de lo que se trata es de transformar el país, con el apoyo popular. Frente a los clásicos ajustes de cuentas del PJ, Krakowiak lo resume así: “Lo que le faltó al Frente Justicialista para la Victoria no fueron lealtades partidarias sino votos”. Bajo la misma negación, uno de los ministros más importantes atribuye todo a simples problemas de comunicación. Quizá esos problemas podrían haberse salvado con la efectiva puesta en práctica de las iniciativas, pero esto no sucedió. Y aquí volvemos a la pregunta central: ¿puede el gobierno reformularse y avanzar en la senda progresista para recuperar los votos perdidos? Sus propias organizaciones plantean el interrogante: ¿Puede personificar las transformaciones que sólo aparecen en el discurso y no en los hechos? ¿Puede en este momento de debilidad apartarse del PJ y sus organizaciones?

¿Qué pasó después?

A partir de la derrota, se desencadenaron los hechos: Kirchner abandono el PJ y lo dejó a Scioli, único presidenciable del oficialismo -ahora con pocas chances- para apagar el incendio interno. Frente a esa situación
volvieron a aparecer los históricos, reclamando una cuota del poder para enderezar el camino. En el mismo sentido, se plantea la renovación de autoridades y estructuras internas del PJ). A su vez, gran parte del esquema de poder político se resquebrajó con la derrota (aún cuando sus efectos institucionales se demoren varios meses en llegar) a lo que debemos sumar el aceleramiento de las causas judiciales. Sin embargo, frente a las amenazas del “fin del kirchnerismo” (existentes al menos en la cabeza de Das Neves), su jefe ensaya salidas quizá en el sentido que marcamos, pero “no está muerto el que pelea” y parece que –dato no menor- al que pelea lo acompaña la economía.
Como vemos, en una semana pasó de todo (y seguirá pasando lo que ameritará otro post). Pero los temores a la derecha no parecen tener tanto sustento material. En la Ciudad no mantuvieron su nivel de aceptación luego de un año y medio de gestión (supuestamente su fuerte) y en la provincia han ganado, pero por escaso margen. Su socio peronista ya muestra sus ganas de abandonar el barco. A su vez, todas las fuerzas opositoras por derecha se mostraron como lo que son: “Aunque durante la campaña pidió ampliar y ahondar el diálogo, el peronismo disidente se volvió receloso cuando se confirmó que había ganado en la poderosa provincia de Buenos Aires. A las pocas horas, la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, ya pronosticaba "problemas de gobernabilidad". Con grandes fiestas para recibir los resultados, pero poco proyecto para compartir. Como decía Perón correctamente “la única verdad es la realidad”. Y, si bien esta realidad se muestra siempre confusa, habrá que seguir indagando para poder entender y, claro, cambiarla.

Notas al pie. 1. Como lo pone Forn “… lo que a mí me salta más nítidamente a la vista cada vez que escucho hablar a De Narváez, a Macri, a Biolcati, a Prat Gay, es su cobardía más íntima: que nunca, nunca, se hayan atrevido a pensar nada por sí solos, que hayan esquivado todas las oportunidades que les salieron al paso para construir su identidad con sus propias palabras, que sean incapaces de ver en la palabra “nosotros” otra cosa que un atávico mecanismo reflejo que les permite identificar al instante quién es como ellos y quién no.
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25 junio, 2009

Elecciones '09 - Segunda parte

Candidaturas testimoniales.
La estrategia electoral del kirchnerismo, consistente en presentar candidatos que actualmente ocupan cargos públicos electivos (en la gobernación o en distintas intendencias), y que muy probablemente no asuman las nuevas responsabilidades para las que sean ungidos -aún en el caso en que triunfen-, motivó el airado rechazo por parte de las distintas fuerzas políticas (especialmente Unión PRO, Coalición Cívica y el radicalismo) y también de algunos medios de comunicación claramente opuestos al gobierno nacional (Clarín y La Nación).
La jugada recorrió dos instancias judiciales, en las que los fallos resultaron invariables: no se encontraron evidencias que motivaran la impugnación de las candidaturas testimoniales. Agotado el camino legal, las fuerzas de oposición mencionadas apelaron a la critica moral, sosteniendo que el kirchnerismo en esencia lo que se proponía era estafar a la ciudadanía. Tal discurso forma parte de una estrategia más general por parte de estas agrupaciones, que intentan dividir el espectro político en torno a un polo republicano (ellos mismos) y otro anti-republicano (el kirchnerismo, o el peronismo en su conjunto, despreocupado por la suerte de las instituciones y por las buenas prácticas). Sin dudas las candidaturas testimoniales merecen ser criticadas, por un lado, porque significan un paso más en no cumplir con la palabra empeñada y muestran una total indiferencia hacia los medios que permiten acceder al poder o conservarlo, no contribuyen en nada a recuperar la política como construcción transformadora reconocida por la sociedad. Por el otro, acentúan la indiferencia respecto de las ideas y proyectos, ya que la campaña se convierte en un plesbicito constante, donde lo hecho alcanza para justificarse y se niega la posibilidad de nuevas alternativas, donde toda construcción ajena se iguala en “la oposición” Sin embargo, este tipo de prácticas no son patrimonio exclusivo del kirchnerismo. Al respecto, en Unión PRO (supuesto baluarte de la República) Gabriela Michetti ha renunciado a su cargo de Vice jefa de Gobierno porque aspira a ser diputada nacional por la Ciudad de Buenos Aires. Mauricio Macri, asimismo, llegó a ser Jefe de Gobierno, gracias a haber incumplido su mandato de diputado. Lo mismo puede decirse de Felipe Solá. Para completar el cuadro republicano, resta hacer mención a Julio Cobos, ungido vicepresidente por compartir la fórmula presidencial con Cristina Fernández dentro del Frente para la Victoria, y que hace campaña en contra del propio gobierno que aún integra. Y qué decir de los pequeños partidos, que presentan el mismo candidato para distintas categorías. Ahora bien, si tales prácticas, con sus lógicas particularidades, resultan en esencia comunes a toda la dirigencia, tiene que haber alguna causa también común que opere en ese sentido. Esa causa reside en la ausencia de partidos políticos institucionalizados. Desde un punto de vista meramente teórico, los partidos resultan imprescindibles en los sistemas democráticos básicamente por tres razones: permiten agregar demandas e intereses sociales en el terreno político-electoral; contribuyen a la formación de cuadros de dirigentes; y poseen una determinada concepción del mundo o ideología que respalda y prefigura sus prácticas. Con esto en mente, cabe hacer una sintética revisión sobre las causas que llevaron al oficialismo a presentar candidaturas testimoniales. Básicamente se perciben dos tipos de razones: la primera, evidente, porque no tiene suficientes figuras que le aseguren un buen resultado electoral; la segunda, porque evita una fuga de intendentes hacia las filas de Unión-Pro. En ambos casos, la cuestión de fondo es la ausencia de un partido político sólido que pueda diversificar su oferta de candidatos o que en su defecto represente para el electorado una ideología que sea independiente de los candidatos ocasionales. Tanto como en los noventa se observaba el proceso de “farandulización” de la política, hoy nos enfrentamos con el siguiente paso donde la determinación se ha invertido. No es simplemente que para ser candidato con posibilidades se debe asistir a programas de televisión y demás sino que ahora es la propia televisión la que marca el discurso al candidato. Esto sólo es posible cuando la ausencia de ideas, propuestas y partidos ha llegado al límite de su existencia. En definitiva, estas problemáticas no son más que otra manifestación de la debilidad de los partidos políticos y su contraparte, la personalización de la política.

Desnacionalización, pronósticos e incertidumbre.
La crisis de los partidos políticos también tiene consecuencias importantes cuando se pretende analizar las fuerzas políticas que se disputan el poder de cara al 28 de junio. Ello se debe a que resulta sumamente difícil hacer una lectura a nivel nacional del mapa político actual. Más bien, estas elecciones evidencian una firme tendencia de la política argentina hacia su provincialización. Al respecto, conviene hacer un breve repaso por los distritos electorales más importantes del país. Siempre según las encuestas (a las cuales les dedicaremos un capítulo más adelante, con el “diario del lunes”), en la Ciudad de Buenos Aires todo parece indicar que el primer puesto sería para Unión-Pro (Michetti); en provincia de Buenos Aires se pronostica un triunfo del kirchnerismo (Kirchner); en Santa Fe la disputa se da entre el socialismo (Giustiniani) y el peronismo (Reutemann, alejado del kirchnerismo); en Mendoza parecería que gana el cobismo; en Córdoba, por último, se espera que triunfe una fuerza independiente (Luis Juez). Con este mapa político, a la pregunta sobre quién ganará las elecciones debería anteponerse otra, quizás más importante, ¿qué significa ganar las elecciones en este caso? El kirchnerismo apuesta a ganar en la provincia de Buenos Aires y en muchos de los distritos chicos. Con esto, se proclamará victorioso. La oposición, sin embargo, si esos son los resultados electorales, dirá que el kirchnerismo perdió en la mayoría de los distritos electorales importantes. Al margen de estas consideraciones merece ser resaltado que por la propia debilidad de los partidos políticos, y la consecuente personalización y desnacionalización de la política, los resultados de estas elecciones girarán en gran medida en torno a la interpretación que se haga sobre los mismos y, a partir de ello, comenzará el carnaval hacia 2011.
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Elecciones '09 - Primera parte

A tan sólo tres días de las elecciones legislativas, previstas originariamente para octubre y que por conveniencia del oficialismo se adelantaron al 28 de junio, creemos necesario hacer una serie de reflexiones sobre algunas cuestiones y tendencias que se han puesto de manifiesto en el transcurso de la campaña electoral.

Respecto del adelantamiento.
Cuando a comienzos de año se armaban los planes electorales creyendo que se contaba con varios meses de trabajo previos a la campaña, primero en la ciudad de Buenos Aires y luego a nivel nacional se decide el adelantamiento de los comicios. Sea justificado para separar las decisiones que tienen que ver con aquel ámbito restringido de la contienda nacional o por la necesidad de enfrentar la crisis sin un debate preelectoral contemporáneo, la decisión tiene un simple contenido oportunista, enfrentarlas en las mejores condiciones esperadas por parte de los partidos en el gobierno.
Aunque alteró las reglas de juego, y ello no resulta conveniente en un año electoral, la decisión, desde nuestra perspectiva, merece ser criticada no tanto desde un punto de vista legal sino más bien porque imposibilitó a los partidos políticos en particular y a la sociedad en general transitar con el debido tiempo una experiencia política en base al debate, la difusión y esclarecimiento de ideas y proyectos, la conformación de frentes o alianzas, la selección de candidatos mediante métodos democráticos, etc. Aunque todas las fuerzas políticas han sufrido el impacto de tales consecuencias, la situación se agrava en el caso de los pequeños partidos, a los que les resulta sumamente difícil, en tan breve período de tiempo, conformar las listas y posicionar a sus candidatos, conseguir los fondos para solventar los gastos proselitistas, y estructurar los ejes temáticos en torno a los cuales girará la campaña.

Ausencia de debate.
¿Qué está en juego el 28 de junio? Tomemos en primer término lo que surge de los discursos de los propios candidatos y partidos. Al respecto, el kirchnerismo señala que apuesta a profundizar el actual modelo productivo y de inclusión social, iniciado en 2003. En lo que a estas alturas resulta prácticamente un cliché, busca contraponer su actual modelo de gestión con lo acaecido durante los años ’90, intentando de tal forma suprimir de un plumazo evidentes continuidades entre uno y otro. Al respecto, en el período 2003-2008 la economía argentina creció en forma consecutiva a tasas anuales inéditas (superiores al 8 %). Sin embargo, tal dinamismo se asentó fundamentalmente en la “ventaja” competitiva lograda con la profunda caída del salario real provocado con la devaluación de 2002 y en una coyuntura internacional sumamente favorable por el aumento en el precio de los commodities. En tal sentido, cabe señalar que recién a fines de 2006 el nivel del salario real alcanzaba un nivel similar al registrado en 2001 (Encuesta Permanente de Hogares - INDEC, 2007), es decir, un poder adquisitivo resultado de diez años de -las recurrentemente denostadas- políticas neoliberales. No deja de ser sugestivo, en tal sentido, la manipulación de datos que el gobierno comenzó a efectuar desde hace dos años en el INDEC. No solo ha falseado los indicadores relativos a la inflación (lo que impide la debida recomposición salarial de los trabajadores) sino también han desaparecido los indicadores relativos al salario real y la distribución del ingreso.
Asimismo, sólo a partir del conflicto con el campo y con la crisis económica mundial en el horizonte próximo, el gobierno enfatizó en la necesidad de profundizar el modelo de acumulación vigente, en base a una mayor redistribución del ingreso. ¿Qué logró y qué propone para tal fin? Retrospectivamente poco -en relación con los indicadores más utilizados respecto a la calidad del empleo, la concentración del ingreso y la pobreza- pero a futuro el discurso gira siempre en torno a la necesidad imperiosa de la intervención estatal. Gobiernos del mundo de diferente signo (conservadores, liberales, de derecha, de centro y/o de centro izquierda) parecen coincidir en que frente a la crisis el Estado debe tener un rol más importante y activo que lo que suponía el precepto neoliberal. Sin embargo, al contrario de lo que el gobierno asegura, la intervención estatal por sí misma no garantiza una mejor redistribución del ingreso. Es necesario dilucidar la naturaleza de tales intervenciones. Más allá de pretender alejar el temor a la instalación de un régimen al estilo Chávez, el kirchnerismo no ofrece muchas respuestas a qué significa profundizar el modelo.
Siempre en consideración de sus propios discursos, el campo opositor, en lo que aquí interesa, podría dividirse en dos, basado en discursos de los candidatos: a la derecha del oficialismo y hacia su izquierda. En el primer lugar, se encuentran Unión Pro y el Acuerdo Cívico y Social (UCR+Coalición Cívica+Socialismo). Ambas alianzas acuerdan -a pesar de ir en boletas separadas- en algunos puntos fundamentales: el primero, en hacerse eco de las demandas del “campo”. El segundo, es el abstracto discurso de la calidad institucional. El tercero, de fondo, es la oposición acérrima al kirchnerismo. Con respecto a la primera cuestión, se declama la necesidad de eliminar totalmente las retenciones a la exportación de gran parte de los productos agrarios, aún cuando hasta las pasadas elecciones presidenciales alguna de esas agrupaciones llevaba la bandera contraria (la Coalición Cívica incluso planteaba un esquema con retenciones móviles). Sin embargo, de ningún modo responden sobre cómo cubrirían los ingresos fiscales faltantes o, en su defecto, qué rubro presupuestario reducirían. El segundo punto se conecta, evidentemente, con el tercero. El kirchnerismo es visto por este sector político como la máxima expresión de la degradación institucional del país. Las críticas en general tienden a centrase en el carácter confrontativo de Néstor Kirchner, en su naturaleza “despótica” para tomar decisiones, en la existencia de un doble comando que debilita la investidura presidencial. También plantean una batería de acciones, muchas de ellas de índole legislativa, destinadas a revertir algunas de las medidas institucionales más polémicas del kirchnerismo, como la reforma de Consejo de la Magistratura y la delegación de las facultades presupuestarias hacia del Ejecutivo (justificable, esta última, durante la inmediata salida de la crisis pero no un lustro después).
Asimismo, en ciertos contextos electorales, como en la Ciudad y Provincia de Buenos Aires, el discurso en pos de la seguridad resulta efectivo a la hora de recolectar votos, y en tal dirección apuntan ambas agrupaciones, Unión Pro y el Acuerdo Cívico y Social.
En definitiva, en este sector no se observa ninguna crítica al modelo kirchnerista que haga eje en la necesidad de redistribuir el ingreso y de atenuar las desigualdades sociales, salvo en muy contadas excepciones en sus discursos. En síntesis, es una oposición que corre al kirchnerismo por derecha con tanto contenido sobre el qué hacer económico como el oficialismo.
En el otro sector del espectro político, se encuentran, con posibilidades y potencialidades dispares, Proyecto Sur (con Pino Solanas), Autodeterminación y Libertad (AyL, con Luis Zamora), Partido Encuentro (Martín Sabbatella) y los partidos de izquierda (PTS, MST, PO). Cabe aclarar que aquí nos limitamos a analizar los contendientes que presentarán candidatos, por lo que no haremos consideraciones sobre aquellas fuerzas que plantean como estrategia ir por fuera -y en contra- del acto electoral).
Proyecto Sur, que aglutina un conjunto de fuerzas progresistas, disfruta de buenas proyecciones con un discurso centrado en el aprovechamiento nacional de la renta de los recursos naturales y la recuperación de lo público (con eje central en el Estado), así como de la visibilidad y carisma de sus candidatos. En parte, su incidencia en la campaña viene dado por los sectores progresistas no peronistas, muy presentes en la Ciudad, así como de los desencantados con el kircherismo y sus creciente conservadurismo y “pejotización”. En este caso, con alguna propuesta concreta muestran -en el desértico mapa de las ideas- una destacable diferencia. En el caso de AyL las chances son muy menores debido a la muy cuestionada experiencia previa de Zamora.
En el campo de los partidos de izquierda subyace, en el pensamiento común, el viejo cuestionamiento al porqué se encuentran persistentemente separadas, a pesar de sus evidentes coincidencias. Aunque se enfrentan con un sectarismo claro, sus problemas no son reducibles a la mera falta de voluntad política. Lo central, creemos, parece ser la ausencia del sujeto al que dirigen su acción: un movimiento obrero dispuesto a bregar por una salida anticapitalista. Frente a ello, la población trabajadora parece mucho más proclive al peronismo.
En definitiva, la campaña electoral no ofrece grandes debates entre los contendientes, y escasas ideas a futuro. En ese contexto, las candidaturas testimoniales, la solicitud de impugnaciones hacia algunos candidatos, y la supuesta relación entre De Narváez y el contrabando de efedrina, han ocupado el centro de la escena proselitista. Sin embargo, estas discusiones transitaron más por los tribunales que por el campo estrictamente político. La judicialización de la política no es sino el resultado de la falta de política.
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15 febrero, 2009

Sobre la boleta única.

En los últimos años, pero particularmente en los últimos meses, la forma que toma el acto electoral fue puesto en cuestión por sus conocidas imperfecciones. El voto a sobre cerrado, la desaparición de boletas, las dificultades de los partidos más pequeños -tanto de conseguir fiscales para controlar como de hacer frente a una campaña amplia al tener que imprimir sus propias boletas-, son los problemas más reconocidos.
En este contexto, la propuesta de 2008 consistía en avanzar con el voto electrónico, mientras que en 2009 la solución parece ser la “lista única” de partidos. Claramente este sistema tiene beneficios -sobre todo para los partidos chicos- al eliminar los problemas de “robo de boletas” y la necesidad de fiscales. En ese sentido sería ampliamente favorable para la democracia, al traer mayor igualdad para la campaña y a la capacidad de ser electos. Para los partidos opositores que la impulsan, en cambio, el principal beneficio sería evitar el fraude que –sostienen- se inició en la pasada elección presidencial, donde las denuncias de robo de boletas abundaron.
Ahora bien, posee un inconveniente importante: debido a la cantidad de fuerzas políticas en contienda, la boleta portaría únicamente los nombres de los primeros candidatos, aunque esta cuestión en teoría se solucionaría gracias a la presentación de las listas completas en el cuarto oscuro. En este sentido, sería un marcado retroceso en tanto no sólo no se avanzaría en la eliminación de la “lista sábana” (es decir, votar a todos los candidatos de un partido para diputados, por ejemplo, y no poder elegir a quienes sí y a quienes no), sino que se la profundizaría al ocultar el conjunto de candidatos. Aquí poco es lo que ha aportado la oposición para defender la medida, restringiéndose a la mera denuncia de un fraude que, hasta aquí, en el caso de haber sido importante no fue -ni mucho menos- decisivo.
Considerando la cuestión en conjunto, tampoco creemos que el sistema actual sea el más idóneo. Pero creemos que debe privilegiarse el trabajo sobre el diseño de un sistema de voto electrónico que resuelva las válidas objeciones realizadas (como la fragilidad de la información sujeta al fraude y su complicada implementación en jurisdicciones donde el “analfabetismo digital” es importante) y permita, a la vez, eliminar las listas sábana, la necesidad de fiscales y reducir el tiempo de escrutinio y sus costos.
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